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El futuro de la memoria en Puerto Rico

14.05.2018

 

Por Ivonne Lozada, El Nuevo Día, 14 de mayo de 2018

 

El otro día coincidí con dos grupos separados de millenials que se sentaron a mi lado a almorzar. Aunque estos grupos no aparentaban conocerse tenían un discurso muy similar. Decido hacerme invisible para no interrumpir la candidez de su conversación e inicialmente siento la gran necesidad de estos jóvenes de dejar saber, casi a gritos, lo que piensan del mundo, del País, del trabajo, de las (no) expectativas de casarse y tener hijos. Una gran necesidad de identidad individual y generacional. En términos de línea de pensamiento, actitud y perspectiva del mundo, esta generación comparte muy poco con la mía, aquellos que nacimos en los años 60 y tempranos 70, independientemente del status social o económico. Valoran mucho la educación extranjera, la experiencia de conocer y vivir fuera de Puerto Rico pero desde una perspectiva limitada por las necesidades de su generación. Aún cuando conocen de historia, se percibe menosprecio e irreverencia por la experiencia de pasadas generaciones. Como generación, “no necesitamos a nadie” parece ser su consigna. Hablan con mucha pasión de economía, de trust funds, de tecnología...

En ese momento recuerdo a Don Francisco (y no el de la tv), un español radicado en Puerto Rico hace más de 50 años quien luego de la guerra civil española llega a las Américas huyendo del régimen franquista. Lo conocí el fin de semana anterior. Llegó de España con su joven esposa embarazada de su primer hijo y cien dólares en el bolsillo. Sin casa ni familia en Puerto Rico, comienza a trabajar como vendedor. Con mucho esfuerzo y préstamos a conocidos con la reputación que ganó con su trabajo honrado, se convirtió en empresario, humilde pero exitoso pues logró sacar a su familia adelante. Cincuenta años más tarde su hijo y nietos estudiaron gracias a los sacrificios de su padre y hoy son abogados. Estuve una hora y media por lo menos escuchando sus historias de la España franquista, cuando tan sólo pronunciar la palabra “libertades” era suficiente para que “los grises” te llevaran al calabozo. También nos habló del Puerto Rico que recién nacía y que él ayudó a levantar. Presencié el cariño que le tiene la comunidad humilde donde radica su negocio. Una comunidad de la cual hizo su patria. También sentí el calor de familia que tiene con sus empleados, muchos de los cuales crecieron de niños en su negocio. Don Francisco hace apenas dos meses perdió a su esposa por complicaciones que resultaron de la falta de energía tras el huracán María. Lamenta nunca haber podido regresar con ella a la madre patria. Lo que no lamenta es haber hecho de Puerto Rico su familia y su hogar.

Mi generación quizás sea la última que haya podido tener contacto con la generación de Don Francisco que ayudó a construir el Puerto Rico que hoy conocemos. Pero también hemos tenido la oportunidad de conocer una generación de jóvenes puertorriqueños con una visión de mundo y de País muy ensimismada y que marca una gran ruptura entre pasado y futuro. Siento que mi generación es el último enlace con las raíces de un País que en un momento de la historia decidió “ser”. Y temo que cuando dejemos de existir igual desaparecerá ese otro Puerto Rico que conocí por mi padre, mi abuela y por Don Francisco. Me temo que el País desvanece ante un futuro sin memoria ni sentido de identidad.
 

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