April 22, 2017

February 28, 2017

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 ¿Cuánto en realidad hemos avanzado en el reconocimiento de derechos y de una distribución equitativa en los espacios de poder? ¿Nos reconocen o nos toleran? ¿Es poder genuino en el ámbito de toma de decisiones o un espacio artificial que promueve la subordinación de la mujer capaz y la perpetuación del modelo masculino de ejercicio del poder?

 

En Puerto Rico, un alto número de mujeres en edad de trabajar no logra siquiera entrar a la fuerza laboral representando un 61% de este sector. De este grupo la mitad son amas de casa. Resulta difícil determinar cuántas de esas amas de casa excluidas de la fuerza laboral potencial se han quedado desempeñando quehaceres domésticos en su hogar porque lo decidieron así, porque se ven obligadas por las circunstancias a cuidar a sus hijos, nietos o padres, o atender otra labor doméstica, o porque se han resignado a no conseguir un empleo remunerado. 

 

Independientemente de la razón, para la mayoría de las mujeres casadas y con hijos, la familia es un elemento altamente influyente en su potencial de desarrollo profesional. En su rol dentro del marco económico, como profesional casada, madre soltera trabajadora o ama de casa a tiempo completo, el rol social tradicional resulta una carga excesiva para muchas mujeres.

 

Esta subrepresentación de la mujer en el mundo laboral también constituye un déficit democrático por ser menor aún su participación en estructuras de poder económicas y políticas. La presión del rol impuesto a la mujer la auto limita en su desarrollo profesional convirtiéndose incluso en ocasiones en un chantaje emocional. Ni hablar de que a pesar de su ausencia en la fuerza laboral, la estructura familiar y social de nuestro país esta sostenida principalmente sobre los hombros de mujeres, quienes de paso son las más vulnerables a los golpes que sufre nuestra economía.

 

Hace un par de años conversaba con una de las mujeres mejor preparadas del país, con destacado reconocimiento y respeto en su comunidad profesional. Planteándose la posibilidad de asumir una posición de alto perfil en su empresa respondió que no podía porque su tiempo tenía que dedicarlo a sus nietos. Sin pretender desvalorizar su decisión pensé en cuán distintos son los hombres. Un hombre jamás se plantea frente a su desarrollo profesional que tiene que cuidar hijos o nietos. Dan por hecho que siempre hay una mujer que cuidará de ellos y de toda la esfera doméstica y familiar. Los hijos, nietos y otros asuntos familiares cotidianos no son un elemento a considerar en el desarrollo profesional del hombre como lo es para la mujer.

 

¿Y qué hay de las que llegan? Para la mayoría de las mujeres la percepción de poder es muy distinta. Las mujeres asumen el poder como una herramienta que les permite crear y transformar su entorno en uno mas justo y mas representativo. Esto por lo general representa una amenaza para el hombre en su construcción social y económica del mundo. Por ello muchas mujeres en su necesidad de sobrevivir y no perder el espacio ganado en ese entorno necesitan subordinarse adquiriendo un modelo masculino de ejercicio del poder, limitando aún más las posibilidades de inserción de otras mujeres. De ahí que haya tantas mujeres peleando entre ellas por su cuota de poder, en lugar de competir sustantivamente de igual a igual con el hombre logrando a su vez la transformación hacia una mayor representatividad.

 

La reconstrucción psicológica de la identidad exige una reformulación educativa, tanto de la sociedad civil como del estado, que permita un cambio en la forma de percibir el rol de la mujer en la sociedad. Ante este déficit representativo y democrático, necesitamos una política pública de inclusión y no de sumisión y asimilación. Urge una pausa y cambio de enfoque.-

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